lun. Ago 19th, 2019

Alcaldes malos

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Hace poco empezó a circular por las redes sociales que un exalcalde del municipio de Chía iba a ser juzgado en un día y hora determinada, que se informaba en el mensaje, con referencia igualmente al juzgado donde se llevaría a cabo la diligencia.

Lo que no mencionaba el explícito mensaje era la tipología del delito por el cual iba a ser juzgado. Igual da. No hace falta mayor imaginación, independientemente de la particular adecuación normativa del delito, finalmente todos podrían encuadrarse en lo que popularmente conocemos como corrupción, sin tanto perendengue y enredado lenguaje judicial.

Lo mismo podemos decir del adjetivo que acompaña nuestro título. La Real Academia de la Lengua (RAE) en su tercera acepción lo define como: “Que se opone a la lógica o a la moral.” La siguiente definición dice: “De mala vida y comportamiento. U. t. c. s.” Ustedes saquen las conclusiones evidentes.

En ese populoso y rico municipio de Cundinamarca, no conozco ningún alcalde, en el último cuarto de siglo, que no haya tenido que explicar en los tribunales, alguna decisión o actuación ejecutada dolosamente en el ejercicio de su cargo.

La confirmación es muy elemental. Pongan ustedes en el buscador Google de internet, el nombre de su preferencia y corroborarán que nuestra afirmación está muy lejos de ser exagerada.

Ustedes se preguntarán, con la lógica de las gentes buenas, ¿pero no han visto en qué han terminado sus antecesores para repetir las mismas prácticas? Una respuesta nos la da el diccionario de la RAE, arriba mencionada.

La otra es, que ser elegido alcalde de un municipio hace tiempo dejó de ser una dignidad que se recibía como una oportunidad maravillosa de servir a su comunidad, para convertirse en un cargo apetecido por las posibilidades reales de enriquecerse velozmente. Mejor y más rápidamente incluso que en el narcotráfico.

Repito, porque necesita repetirse. No es el servicio, no es la dignidad, no es el poder. Es la riqueza que produce el cargo. Y la posibilidad de terminar en la cárcel no les asusta en lo más mínimo. Los millones que se roban son infinitamente más atractivos.

Algún exalcalde me comentaba, con mucho cinismo, en la intimidad de su casa, que, como medida de protección, contemplan dejar un 10 por ciento de lo que roban como colchón para eventuales contrataciones de abogados para su defensa o compra de funcionarios en las ‘IAS’ respectivas.

Por otro lado, tienen absolutamente claro que no se ven cumpliendo penas, si la suerte les es esquiva, en un centro penitenciario horroroso. Creen, sin lugar a dudas, que cumplirán sus condenas en la comodidad de sus casas, disfrutando desde ya los ingentes recursos que les han esquilmado a sus comunidades y que nos somete vulgarmente a seguir viviendo en el subdesarrollo.

La pregunta que constantemente ronda en mi cabeza es: ¿quién es más culpable, el bandido de cuello blanco que se camufla de servidor público o el “pueblo indolente”, como decía La Pola, que elección tras elección siempre los escoge. U.G.O.

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