vie. Jul 19th, 2019

Migración venezolana en Cundinamarca y Soacha: una bomba de tiempo

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Hay una famosa viñeta de Mafalda en la que ella se encuentra pintando en el piso de su casa. De pronto se acerca Guille, su pequeño hermano menor, y le coge uno de sus lápices, a lo que Mafalda se levanta de un salto y de un manotazo le arranca el lápiz al mismo tiempo que exclama: “somos hermanos y yo te quiero mucho pero ¡lo que es de cada uno es de cada uno!”

Podríamos hablar más alto, pero quizás no más claro, para reflejar lo que está sucediendo con la incontrolada migración de los “hermanos” venezolanos en Colombia. Cundinamarca ha tenido graves problemas de xenofobia, producto de un comportamiento criminal y asesino de algunos de los integrantes de esta migración, lo cual no nos excusa para nada de tan deplorable sentimiento.

Sin embargo, la realidad es que ni Colombia ni el Departamento tienen los ingentes recursos que en materia de salud, solamente, está demandando la atención de los venezolanos. Soacha, uno de los municipios que más concentra este tipo de moradores (como también ha recibido una enorme población de desplazados del conflicto armado colombiano) se gastó casi 900 millones de pesos en seis meses atendiendo en su hospital, de tercer nivel, toda la problemática de salud que carga a sus espaldas esta migración empobrecida. ¿Hasta cuándo resistirá? Es la pregunta que nadie se atreve a responder.

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Si le hacemos caso a las cifras oficiales, que manejan las entidades estatales del orden nacional o departamental, jamás podremos saber cuántos son exactamente los venezolanos que viven en nuestro país.

Las causas pueden ser muchas, pero una claramente identificable es que sencillamente le tienen profundo temor a dejarse censar. Por ejemplo, en el más reciente Registro Administrativo de Migrantes Venezolanos aparece que en Cundinamarca hay 7.201 familias para un total de 11.517 personas.

La realidad documentada, censada, registrada con nombre, cédula de identificación y dirección del domicilio que tiene la Secretaría de Salud de Soacha es muy diferente. En su propio censo, el municipio reporta un total de 14.450 personas que viven, trabajan o deambulan por la ciudad y reciben asistencia médica en Soacha.

Soachuela

Esa proliferación de migrantes venezolanos en el municipio soachuno, la más grande de todo el departamento, tiene una explicación sociológicamente sencilla, según el Secretario de Salud, el doctor Reyes Murillo Higuera (y lo de “Doctor” no es por el cargo que lo haya diplomado por derecho propio).

Murillo es un médico cirujano, especialista en Epidemiología y en Salud Pública y Ocupacional, entre otros estudios; de un trato sencillo y cordial, pero, sobre todo, con una preocupación genuina por resolver los problemas de su municipio.

En su juicioso y detallado censo, Murillo encontró que la gran masa de migrantes viven en la comuna 3 y 1 del municipio. Como enunciábamos dos párrafos antes, la razón es que en Soacha viven cerca de la capital y más barato que en cualquier otro municipio de Cundinamarca.

En la comuna 3 se encuentran apartamentos de interés social y prioritario donde el arriendo de una habitación puede valer 200 mil pesos máximo y, generalmente, un poco menos. En la comuna 1 es más barato todavía.

Huyendo en el monte, de sus juicios

Pero otra realidad que descubrieron los colaboradores del Secretario es que algunos otros viven en la zona rural del municipio, con la particularidad que, habitualmente, le están huyendo a problemas que tuvieron con las autoridades judiciales de su país.

Y eso, pone de presente algunos hechos de sangre que se han presentado en el país, como en Barranquilla y en municipios de Cundinamarca (Subachoque, El Rosal o Facatativá) protagonizados por ciudadanos venezolanos.

En un muestreo rápido de su censo, pudimos apreciar algunas otras singularidades. En 47 familias con miembros que van desde uno hasta seis integrantes -aunque estos últimos son los menos-, 26 eran solteros, solo cuatro eran mayores de 50 años y ocho afirmaban tener estudios universitarios.

Cinco reportaban ser asalariados con contrato de trabajo en empresa particular y la gran mayoría trabajadores por cuenta propia.

Peluqueros y vendedores informales

Como en casi todos los demás municipios de Cundinamarca, la gran mayoría de migrantes venezolanos están dedicados a la venta ambulante o a montar y trabajar en negocios de peluquería, generalmente barberías.

En la experiencia particular del doctor Reyes, encontró a colegas venezolanos con una alta especialización profesional, que no han podido trabajar en Colombia porque los requisitos para validar los títulos muchas veces son absurdos (por ejemplo, que tienen que tener un contrato vigente con una IPS o una EPS; que no los pueden contratar porque no aparecen inscritos en el registro de profesionales médicos que lleva el Ministerio respectivo). Eso sí, están dispuestos a trabajar por la mitad de lo que cobra un médico o especialista colombiano, con lo que ya se podrán imaginar el conflicto social que eso representaría.

Conflicto que, en cambio, si se está viendo en una actividad un poco más prosaica: la prostitución. En la conocida “zona de tolerancia” de Bogotá, en el tristemente famoso barrio Santa fé, llegaron a presentarse hechos de agresión y violencia entre prostitutas colombianas y venezolanas por los precios, considerablemente más bajos, que pedían estas últimas por sus servicios.

Sida y otras enfermedades sexuales

El mismo fenómeno se presenta en Soacha. Afortunadamente la sangre todavía no ha llegado al río. La Secretaría de Salud tiene censadas a 450 prostitutas que trabajan de manera regular y estable en el municipio. De ese número, 135 tenían enfermedades de transmisión sexual, es decir, el 30 por ciento, con cinco casos confirmados de portadores de VIH.

A propósito, en el 2018 se registraron en Soacha 215 nuevos casos de VIH (¡nuevos, porque la suma total es mucho mayor!), lo cual es una auténtica barbaridad y a futuro, como quiera que es un problema de progresión aritmética, podría presentarse graves problemas de salud pública.

La preocupación del Secretario Murillo está muy presente en su cabeza: “muchos de esos pacientes de Venezuela llevan más de siete años que no reciben tratamientos. Eso hace que esos pacientes (de VIH) sean resistentes al tratamiento normal, de rutina; y toca iniciar un tratamiento más agresivo y más costoso que el normal utilizado para los colombianos. Con una organización internacional estamos buscando que se hagan unas pruebas masivas para detectar VIH y otras patologías de enfermedades de transmisión sexual.”

Y aquí llegamos al más grave problema que está representando la incontrolable migración venezolana en el país: la atención en salud. En palabras del doctor Murillo, La atención ambulatoria está saliendo de apoyos internacionales, pero lo demás sale de las arcas del departamento, que se lo paga al hospital.

Un costo que abre grietas

Esos recursos salen de la población más pobre y vulnerable, que no está asegurada porque no puede pagar. Los recursos son dispersos, vienen de fuentes diversas pero no siempre están garantizados, motivo por el cual el hospital no recibe regularmente los pagos que genera la atención de los migrantes venezolanos.

Como los hospitales tienen que ser autosostenibles, muchas veces se niegan a prestar esos servicios a los migrantes venezolanos por temor a una situación deficitaria, que los puede sumir en la bancarrota.

“Si no se atienden a los venezolanos, los problemas de salud pública que podrían generar serían mayores (Sarampión, VIH, Tuberculosis, Hepatitis B). Tenemos ya 15 casos sospechosos de sarampión. Colombia tenía un certificado internacional de erradicación de la enfermedad del sarampión, que ahora estamos por perderlo. Llevan años que no se ponen una vacuna, que no se toman los medicamentos para problemas como el VIH, etc.”

Para Murillo tiene la complejidad de un nudo gordiano, pero también tiene lista la espada para deshacerlo: “Si no se atienden a los venezolanos, los problemas de salud pública que podrían generar serían mayores (Sarampión, VIH, Tuberculosis, Hepatitis B). Tenemos ya 15 casos sospechosos de sarampión. Colombia tenía un certificado internacional de erradicación de la enfermedad del sarampión, que ahora estamos por perderlo. Llevan años que no se ponen una vacuna, que no se toman los medicamentos para problemas como el VIH, etc.”

Sin embargo, el costo para el departamento y para el país es enorme. De esos 14.450 venezolanos que están debidamente censados en Soacha, solo 1.625 están afiliados al Sistema General de Seguridad Social en Salud. 963 al Régimen Contributivo y 662 al Subsidiado. Incluso, la población registrada en el Sisbén (en Soacha) es de 4.074 personas.

Mil seiscientos millones al año

El control prenatal urgente y la atención de urgencias de los migrantes venezolanos le cuesta al hospital Mario Gaitán Yanguas de Soacha la pendejadita de 140 millones de pesos mensuales. Es decir, mil seiscientos ochenta millones de pesos al año, solo por las urgencias.

Entre la atención de urgencias, la hospitalización no quirúrgica y quirúrgica; consulta médica general y especializada; odontología, procedimientos de apoyo diagnóstico, de apoyo terapéutico, atención de partos y actividades ambulatorias, el hospital Gaitán Yanguas se gastó 881 millones 474 mil 672 pesos durante los últimos seis meses en migrantes venezolanos.

Los principales problemas de salud de los venezolanos se pueden resumir en: graves dificultades de salud oral, odontológica, gineco-obstétrica y desnutrición aguda y crónica en los niños, es decir, mala alimentación infantil.

La solución es el regreso

¿Cómo no ayudarlos? Me pregunto yo; se preguntan ustedes y se pregunta día a día el humanista Murillo Higuera. Como buen epidemiólogo, el doctor Reyes piensa que es mejor el remedio que la enfermedad; pero el desangre para un sistema de salud imperfecto, con evidentes carencias económicas como el nuestro y de publicitadas y criticadas injusticias en sus prestaciones para los colombianos de a pie, son indudables.

Un amigo me contaba recientemente una anécdota de la que él fue protagonista, que podría resumir el sentir político y social de muchísimos colombianos que observaron el megaconcierto “Venezuela Aid Live” y las manifestaciones de la comunidad internacional respecto de la supervivencia del régimen de Maduro: un migrante venezolano se le acercó en la calle a pedirle una limosna; mi amigo, presto, buscó entre sus bolsillos la anhelada moneda que le entregó después de decirle: “se la doy con gusto ya que están a punto de irse.” Pero a juzgar por lo que pasó después del concierto, mi amigo estaba pensando con el deseo.

Por Olinto Uribe Guzmán

oluribe@gmail.com

2 thoughts on “Migración venezolana en Cundinamarca y Soacha: una bomba de tiempo

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