dom. Sep 22nd, 2019

Prisionera de mi condición

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Hoy les pido un poco de paciencia y entendimiento. Les voy a contar mi experiencia con la EPS Sanitas, pero, solo lo hago porque estoy segura que a más personas les ha pasado. Me cansé, siempre he sido una persona paciente, no obstante, creo que fue suficiente.

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Durante 10 años, desde el diagnóstico de mi enfermedad, esta es la primera vez que la siento como una carga. Lo que no pudo hacer un pronóstico que me paralizaba y dejaba postrada en una cama, la terapia biológica que me quita las defensas o el vivir todos los días con dolor, lo logró la EPS en menos de un año: me siento prisionera de mi condición.

Primer acto: adiós al medicamento en casa

Por cerca de una década, gracias a la pronta decisión de los médicos, vengo aplicándome la terapia biológica en casa; algo esencial para mi buen estado de salud actual (comparado con otros pacientes que padecen mi misma enfermedad, yo soy el equivalente a un milagro).

La EPS decidió protocolizar la aplicación de la inyección -debo antes  advertir: la terapia biológica es inyectable, al menos la mía lo es- en un centro médico decidido arbitrariamente por ellos. Todo esto con el fin de “garantizar la entrega del medicamento”.

Pongo esa última frase entre comillas porque a mi ya me estaban garantizando la entrega del medicamento. Por el contrario, esta decisión obstaculizaba el obtenerla; no solo eso, disminuye mi calidad de vida.

Ni riesgo de buscar un mejor clima

Verán, si alguno de ustedes padece una enfermedad reumática o incluso algunas enfermedades crónicas como hipertensión y padecimientos del corazón, sabrán cómo el clima (el frío y la lluvia) o la misma altura de Bogotá, afectan nuestras dolencias.

Por tal razón, durante la temporada invernal, regularmente, viajaba a Santander en busca de un clima más cálido y por ende más amable con mis articulaciones. Intenté entonces enviar un derecho de petición contando mi situación y solicitando su ayuda.

La respuesta fue un rotundo NO, seguido de una lista de resoluciones que sustentaban su negativa. Si soy sincera -porque me leí todas las dichosas resoluciones- la forma en la que están escritas es muy ambigua y así como argumentan su posición, fácilmente podría impugnarlas.

Sin embargo, pensando que tal vez podía encontrar la manera de lidiar con la situación –no quiero sonar exagerada, pero me sentí de cierta forma secuestrada por salud, es decir, no puedo ir a ningún lado porque no puedo estar sin ese medicamento– no peleé más y lo dejé así.

Segundo acto: Solo Puente Aranda

Me hice así a la idea de tener que ir al centro médico cada 15 días para aplicarme la inyección. Algo que no es fácil ni rentable ya que yo vivo fuera de la ciudad de Bogotá. Aunque no debería quejarme porque hay pacientes (y esto me lo dijo el mismo centro médico) que tienen que hacer ese paseo cada 2 días.

¡Cada 2 días! Tengo que repetirlo porque imagínense diciéndole a su jefe (si trabajan en oficina) que cada 2 días tienen que ausentarse o llegar tarde. Cómo esperan que la población con alguna discapacidad o enfermedad pueda desarrollarse laboralmente cuando nos la ponen tan difícil.

Por si fuera poco, y aquí debería explicar un poquito mejor mi condición: mi enfermedad, aunque no sé si aún se encuentra entre las llamadas ‘huérfanas’, de seguro sigue siendo ‘rara’ porque casi nadie sabe siquiera cómo se escribe, se considera autoinmune, degenerativa y sistémica.

Más citas al médico que citas románticas

Esto quiere decir que afecta todo el cuerpo; básicamente tengo más citas al médico que citas románticas. Por alguna razón desconocida para mí, la EPS Sanitas ha decidido mandar a casi todos sus especialistas (y justo los que yo necesito) para el barrio Puente Aranda (al suroccidente de Bogotá).

Las regulaciones colombianas estipulan que las EPS deben garantizar el acceso a la salud y a sus servicios, pero en ninguna parte dicen cómo, así que, si a Sanitas le da por poner todos dichos servicios en digamos ¡PUENTE ARANDA!, en teoría no está incumpliendo, sin importar qué tan difícil le resulte a algunos llegar (en mi caso, debo atravesar toda la –caótica– ciudad).

No quiero sonar como una princesa que quiere que tener todo a mano, porque no, uno al fin de cuentas, como dicen por ahí “o se aclimata o se aclichinga” y termina yendo a donde toque y la EPS lo sabe  (por eso hacen lo que hacen). Pero, no dejo de sentir un sin sabor en la boca.

La EPS realmente me enferma

He aprendido a convivir con el dolor, con el malestar, con sentirme cansada y con querer comerme el mundo, pero teniendo que pedirle permiso al cuerpo para levantarme de la cama, y aun así, esta es la primera vez que realmente me siento enferma.

Esta es la primera vez que en verdad siento el peso que lleva tener una enfermedad en Colombia. Siento que mi condición gobierna mi existencia y que lo que me diagnosticaron hace una década, hoy sí afecta mi calidad de vida.

Por Catalina Uribe Suárez

catauribes@gmail.com

2 thoughts on “Prisionera de mi condición

  1. Respecto de la Salud, siempre se han presentado todo tipo de inconvenientes, ni hablar del paseo de la muerte y demás. No habrá ningún Gobierno capaz de mejorar dicho sistema? Y con tanta corrupción, a dónde vamos a parar? Tengo casos reales; mi hijo, labora cómo alto ejecutivo hace más de 10 años en una de las dos únicas Empresas que suministran el Oxígeno a Clínicas, hospitales y demás; dichos consumidores no pagan los servicios correspondientes, cómo Cafesalud. Y sin sumas muy grandes de dinero. Eh ahí, tremendo inconveniente.

    1. Lo único que podemos hacer es no desfallecer en nuestro propósito de denunciar todos los males que seguimos padeciendo y luchar por construir una mejor sociedad.

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