mié. Dic 11th, 2019

¿El voto en blanco si sirve?

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Los políticos no le tienen miedo, le tienen terror al voto en blanco. La cuestión es sencilla, el voto en blanco es una expresión democrática y pacífica de manifestar una inconformidad política.

La Corte Constitucional lo dijo alto y claro en la sentencia C-490 de 2011: el voto en blanco es “(…) una expresión política de disentimiento, abstención o inconformidad, con efectos políticos (…) el voto en blanco constituye una valiosa expresión del disenso a través del cual se promueve la protección de la libertad del elector (…)”

En nuestra humilde opinión, en vez de reaccionar como El Patriota o como el expresidente: “le voy a dar en la jeta marica”, el voto en blanco nos permite mostrar nuestra indignación con los líderes políticos sin tener que andar echando tiros, agarrándonos a puñetazos, bofetones o madrazo limpio, por el solo hecho de que el otro no piensa como nosotros o dice cosas que no nos agradan o va en contra de nuestro pensamiento social o político.

Pero los políticos nos venden falazmente la idea que el voto en blanco aparte de no servir para nada, lo único que hace es que el potencial ganador tenga el camino más despejado para su conquista.

Por el contrario, el voto en blanco, como quiera que es un voto que se cuenta y suma, incide directamente en el cuociente electoral en el caso de las elecciones corporativas y en el porcentaje total en el caso de las elecciones unipersonales a cargos municipales, departamentales o nacionales como en el caso de alcaldías, gobernaciones o presidencia.

El voto en blanco no es un voto de abstención. Ni la abstención, ni el voto nulo, cuentan. Es decir, esos sí, no sirven para nada. Pero ambos, abstencionistas y gamberros de la democracia, son los primeros que viven quejándose y mentándole la madre al que salió elegido por lo que hizo o dejó de hacer.

El problema es que el legislador, políticos al fin de cuentas, quisieron rezarle a Dios pero comulgar con el diablo. Contemplaron el voto en blanco como una gran conquista de nuestro sistema democrático, vendiéndoles a sus electores la idea que les estaban entregando la herramienta perfecta para que los censuraran si los creían indignos de llevar su representación, pero lo embozaron con una trampa diabólica.

Resulta que para que el voto en blanco tenga efectos políticos necesita ser votado por la mayoría absoluta del censo electoral. Es decir, el 50 por ciento más 1. Para ser elegidos solo se necesita una mayoría simple, pero para ser censurados o reprobados es obligatoria la mayoría absoluta. Para ponerlo en lenguaje coloquial es la ley del embudo: lo ancho para ellos, lo angosto para uno.

¿Díganme ustedes, en su leal saber y entender, si no es una aberración “democrática” que alguien salga elegido con el 20 por ciento del censo electoral o que un concejal llegue a la corporación con 600 votos, en un municipio con un potencial electoral de 95 mil habitantes?

Pero entre la opción de agarrarnos a tiros o a patadas para imponer nuestras ideas, o manifestar nuestra inconformidad con el voto en blanco, yo prefiero claramente esta última.

Lo que tenemos es que no permitir que nos metan gato por liebre en las reformas políticas que nos presentan nuestros políticos, seguir insistiendo en algunos cambios legislativos que hagan más perfecta nuestra imperfecta democracia o aceptar el statu quo actual y hacer como los habitantes de Susa, en nuestro departamento, que en 2003 se negaron a aceptar los candidatos a alcalde de esa elección y votaron absoluta y mayoritariamente en blanco. UGO

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