mié. Dic 11th, 2019

Gracias miedo, por ti puedo hacer mejor el sexo

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El machismo convirtió el sexo en una batalla desesperada en la que el hombre se jugaba definitivamente su hombría.

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Siento que no tengo poder suficiente ante una mujer, me decía Marco Iturralde (nombre ficticio), un paciente ansioso, cuyas manos no cesaban de moverse en tic intermitente. Un miedo horrible me asalta y quedo paralizado, reducido a un pobre caballero a quien le faltan fuerzas, añadió.

Empecemos por el principio, le digo. ¿A qué le tienes miedo? -A quedar mal, por debajo de ella, responde sin titubear, como si lo tuviera largamente pensado.

Tengo delante a un hombre de 40 años y se supone que tenga toda la potencialidad para realizar con éxito la actividad sexual, en la que ambas personas envueltas en la contienda satisfagan plenamente sus deseos genitales.

¿Y entonces? ¿Qué le sucede a este hombre? Simplemente, tiene miedo. ¿Y de dónde viene el miedo?  Primero, vamos a descartar cualquier anomalía física. Pero, me dice, que un médico le encargó análisis rigurosos y desechó esa razón. “Váyase a buscar a su cónyuge”, le dijo el galeno de forma destemplada, casi echándolo de la consulta.

Algo así como ‘no me venga con ese cuento’

-Entonces doctora, estoy aquí, para que usted me ayude a saber si se trata de una afección mental. Quizá sea mejor un psicólogo o un sexólogo.

-Bueno, empecemos, le digo. -¿Por dónde? -Por el principio, Marco.

-A ver ¿ese miedo cómo se siente? -En el abdomen, doctora, en el abdomen bastante abajo, casi en el vientre. Un dolor frío, agudo, que se me mete dentro y paraliza mis testículos, que se vuelven pequeños casi imperceptibles.

-¿Se los paraliza? -Sí, como si no los tuviera, se enfrían, se recogen y si los toco, me cuesta encontrarlos.

-Dígame algo, en qué momento se produce ese acto, digamos, de constricción.

-En cuando ella está totalmente desnuda. -¿En ese momento? -Sí, justamente empiezo a perder fuerzas internas.

-¿Antes no? -No, antes me siento que me va a salir bien, pero en ese momento, todo se viene abajo. Es desilusionante, doctora, se imagina que le pase a usted, que su pareja no pueda hacerlo después de que usted se haya excitado.

-¿Qué siente exactamente? -Que se cae mi poder. Ese es el poder que tenemos, ¿no?

Marco dio en el blanco. El hombre está condicionado históricamente a que el sexo es igual a hombría y hombría a poder y poder a ser superior a la mujer. La palabra más exacta es Macho. O son machos o no son hombres, así los manejaron, no los educaron.

-A ver, Marco, si usted relaciona sexo con poder se la está jugando toda, está eludiendo el placer o el afán de reproducción que ideó el ser humano en los primeros siglos de su existencia.

-¿Qué tengo que hacer? -Depende de cómo vea la relación sexual, hay varias vías:

Puede entenderla como un medio de reproducir su familia.

Puede comprenderla como un recurso de alcanzar placer a costa de la mujer que tiene debajo. Pero, puede entenderla como una vía para mostrar y quedar convencido de que usted es un macho genuino y que tiene todo el poder para el cual lo han adiestrado toda la vida.

Entonces, la mente le juega una mala pasada

Claro que se puede hacer de otra forma. Por ejemplo: sexo y amor, placer sin poder superior, acercamiento progresivo, carnal, a una mujer a la que puede llegar a querer y necesitar para convivir.

Y hay otras. Pero, Marco, usted quiere mantener todo el poder histórico que la civilización le ha otorgado al hombre frente a la mujer.

¿Y por qué ocurre?

Porque una mujer desnuda despliega un poder inconmensurable, su belleza, la ternura, el poder femenino, las curvas, la sensualidad, el coqueteo, el erotismo. Cuántas cosas juntas.

Dígame una cosa, Marco, de verdad, sinceramente: ¿qué tan fuerte de carácter era su madre? -Mucho, doctora, más fuerte y dominante que mi padre. Él era suave, tierno, comprensible, cariñoso. Yo recuerdo algunas escenas muy fuertes en ese sentido.

Su padre perdió el poder y usted quiere reconquistarlo.

Otra pregunta decisiva: ¿alguna vez vio a su madre sin ropa?

Marco calló, su mente se perdió en los oscuros e impenetrables pasillos de las escenas de su inconsciente.

Vuelva a empezar, señor, lo que pasó entre su madre y su padre son cosas de ellos. Usted no tiene nada que ver.

-¿Qué tengo que hacer? -No les cuide el miedo a sus padres, es de ellos, ocúpese de sus propios miedos que ya son bastantes. El poder de su madre desarropada sobre su padre no es el poder de la mujer con la que va a la cama.

Pero, le digo una cosa Marco, alégrese del miedo. Le está diciendo que lo que pasó a sus ancestros no tiene que pasarle a usted. -¿Cómo? -Lo está previniendo, señor. No permita que asocie poder con sexo. El miedo es su principal consejero y usted piensa que le está diciendo que es inferior a una mujer desnuda.

Una mujer desnuda es una mujer desnuda, sea quien sea, y no importa quién sea, cualquiera menos que la autora de sus días.

Los ojos de Marco brillaban, claro que tardará unas semanas en entender en carne propia lo que le estaba aconsejando. Pero vi, de repente, la libido en su rostro y sus piernas temblequear, quizá lo que nunca había sentido, enfrascado en sus viejas escenas ajenas obstaculizadoras.

Estuve a punto de decirle: pruebe señor, esta misma noche, pero preferí que buscara la solución por su propia cuenta. Bienvenido, miedo, qué inteligente eres.

Nota: la libido es reconocido como el impulso sexual, de forma creadora e incitadora, especie de energía desencadenante, que tiene un origen fisiológico y psicológico.

Por Susan Clavel

susanclavel90@gmail.com

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