jue. Ago 22nd, 2019

Propuesta indecente

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Hagamos un breve recuento histórico que nos permita mirar el panorama completo. En 1954, durante la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla, el General elevó la capital de Cundinamarca al rango de Distrito Especial, separándolo irremediablemente del departamento: política, administrativa y fiscalmente. Y no contento con eso, le entregó seis municipios de Cundinamarca que engrosaron su territorio: Bosa, Engativá, Fontibón, Suba, Usme y Usaquén.

Desde ahí, como aquellos hijos que se van de la casa y nunca vuelven a visitar a sus padres -pero siempre los buscan cuando necesitan plata-, Bogotá se convirtió en una rémora que no hace sino chupar y desangrar nuestro departamento dándole muy poco a cambio.

Ahora, Enrique Peñalosa, soberbio y ofendido porque no ha podido ponernos de rodillas en sus particulares y plutocráticos intereses políticos, lanza la peregrina idea que Bogotá participe también en la elección de nuestro mandatario principal.

Ya los líderes políticos del departamento se pronunciaron, de modo que no vale la pena repetir los argumentos expuestos. O mejor sí, uno solo que por sí mismo acaba con toda la discusión. Y es que, por la densidad poblacional de Bogotá, se condenaría a nuestra región a ser gobernada, permanente e irremediablemente, por un señorito de la capital de la República, que ni siquiera necesita conocer de nuestras particulares necesidades para hacerse elegir.

Los bogotanos presentan tan particulares características sociológicas, que, por ejemplo, hay gente que vive en el sur y jamás han visitado el norte de la ciudad. Igual ocurre con muchos habitantes del norte, quienes lo único que conocen del sur son algunas de sus avenidas principales cuando pasan volados por ellas en pomposas camionetas camino de sus fincas de recreo en el Llano o en el Tolima.

La mayoría de los bogotanos lo máximo que conocen de Cundinamarca son los municipios de la Sabana que colindan con la capital, como Chía, Cota, La Calera, Sopó, Tocancipá o Sesquilé.

Pero la discusión es interesante porque pone sobre el tapete otra que aparece recurrentemente sin que nadie la haya podido poner en la agenda legislativa. El último intento lo quisieron hacer en el 2005 los parlamentarios Carlos Germán Navas Talero, Venus Albeiro Silva Gómez y Carlos Arturo Piedrahita Cárdenas, todos de Bogotá.

En su exposición de motivos los parlamentarios argumentaban que: “…la ciudad capital del país ha adquirido una dinámica de desarrollo social, político, económico y cultural, propia y distinta del departamento de Cundinamarca, que a nivel institucional se hizo evidente con la fórmula adoptada por el constituyente de 1991, en cuya virtud la ciudad, dotada de un régimen particular y distinto del de los demás municipios del país, seguía siendo la capital del departamento, pero sus habitantes ya no participaban de la vida política departamental al no poder votar en las elecciones de gobernador y diputados a la asamblea.

“Ese régimen constitucional genera una serie de situaciones administrativas que no son deseables y que impiden el cabal cumplimiento de la función administrativa tanto por el departamento como por el Distrito, lo cual hace aconsejable que cada uno tenga su propio ámbito geográfico para el ejercicio de sus competencias. Nótese que se trata de dos entidades territoriales con regímenes jurídicos distintos, con autonomía total de una respecto de la otra, a diferencia de lo que sucede con los restantes departamentos y sus respectivas capitales, pero cuya aplicación concreta se da simultáneamente dentro del territorio de una de ellas.

“Para todos los efectos políticos y administrativos, Bogotá no hace parte del departamento de Cundinamarca y, por consiguiente, los bogotanos por nacimiento o por adopción no son beneficiarios de la acción estatal que es dirigida por el departamento; ni los cundinamarqueses son recipiendarios de la acción oficial orientada por el Distrito; los bogotanos no reciben un solo peso de la Nación por las transferencias que le son giradas al departamento, así como los cundinamarqueses tampoco se benefician de los recursos que la Nación le transfiere a Bogotá”.

Esa es la verdad monda y lironda (y con este Alcalde sí que se ha notado) (aunque la intención de estos parlamentarios no era precisamente la de beneficiar a nuestro departamento sino, por el contrario, pensaban -y seguramente todavía lo piensan- que Bogotá es una gran benefactora de nuestra región con sus impuestos, básicamente el de registro y anotación y el del consumo del tabaco y cigarrillos nacionales, que fue la razón que esgrimió el Gobernador de entonces para oponerse a que la constitución del 91 obligara a Cundinamarca a tener su propia capital. Nosotros estamos convencidos que el costo es mayor que los beneficios.

¿Por qué nuestros representantes en el Congreso no han dado la batalla para que Cundinamarca tenga su propia capital? Es una buena pregunta para hacérsela a nuestros orgullosos padres de la patria. ¿Qué intereses defienden más importantes que el de todos los cundinamarqueses?

Que los bogotanos sigan pensando lo que les de la gana, siempre y cuando nos ayuden a quitar esa lamprea desangradora que es el Distrito Capital, nuestra capital, para nada distinto que utilizarla de nombre.

Desafortunadamente es un tema largo e interesante de debatir, que no lo vamos a resolver en una pequeña nota editorial. U.G.O.

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