jue. Ene 23rd, 2020

El manejo del tiempo: la tumba del sexo

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¿Por qué, doctora, no sentimos igual mi esposa y yo cuando hacemos el amor? –Para empezar, hablemos claro Juan. ¿Ese es su nombre cierto? -Juan Marroquín, me dijo.

Sí doctora. ¿Qué me quiere decir con hablar claro? –Que no es hacer el amor, es hacer el acto sexual, digámoslo como es; otra cosa es que usted sienta amor, cariño y más cosas, también en ese momento.

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-Bueno, acomodémoslo así, doctora. Yo separo las dos cosas, ¿está bien?

-¿Cómo es que los dos no sienten igual?, explíquemelo mejor.

-Mire, yo empiezo y ella siempre se queda atrás, cuando ya estoy muy avanzado, que la cabeza ya me va a reventar, ella es que empieza a levantar vuelo.

-Pero… le pregunto: ¿los dos se excitan igual?

-¿Qué me quiere decir, doctora? ¿Qué es igual?

¿Qué es la excitación?

-Primero: aclaremos lo que es la excitación. Es el grado de temperatura, de placer incrementado. Cuando las venas se ponen en alta tensión, y se siente un deseo muy grande, mezclado con un goce exacerbado que no se logra en otros momentos. Es el pico más alto del acto sexual.

-Sí, eso es lo que siento; pero en ese momento ella apenas está levantando altura.

-¿Cómo lo sabes? -Su respiración apenas se siente. Poco movimiento a la vez.

-Una pregunta Juan: ¿usted lo hace todo?

-¿Qué quiere decir todo?

-Que si usted es el que más se mueve, o solo el que se mueve; que su respiración va a su propio ritmo, a todo galope; que, probablemente, usted es el único que dice algo, aunque sean monosílabos, y solo usted pone sus manos donde quiere, y va tomando la velocidad que le place, hasta alcanzar un placer inmenso.

-Asimismo hago. -¿Hago o hacen?

-Bueno, yo llevo la delantera.

-Le voy a hacer, señor Marroquín, algunas preguntas precisas.

¿Usted siempre está arriba? -Por lo general.

-¿Ella le pide estar arriba, alguna vez? -Nunca.

-¿Ella habla algo? -Al final, dice cosas como: Sííí, dale Juan, dalee. No siempre.

La satisfacción solitaria

-¿Le llama Juan en ese momento? -Creo que sí. No recuerdo bien.

-¿Es como si lo impulsara? -Sí, eso ayuda, pero no lo necesito.

-Otra pregunta Juan. ¿Ella jadea, respira fuerte? ¿Hace respiraciones largas o cortas?

-No la escucho así. Quizás unos bramidos de dolor que me gustan, algunas veces, me estimulan.

-Otra pregunta señor. ¿Usted le mira los ojos?

-¿Cómo? Está debajo, no la puedo ver, ella es mucho más pequeña; además, me revuelvo entre sus cabellos y su cara queda en mi pecho, mientras sus piernas se acomodan a mi altura.

-¿Usted la aplasta? -Bueno, si quiere llamarlo así.

-¿Y sabe si a ella le gusta que la retuerzan de esa forma? -Nunca se ha quejado, doctora.

-¿Y si se quejara? -No sé, no imagino que se queje de nada.

-Bueno, pero, al final, ¿ella no está cansada? ¿Cómo si hubiera corrido 100 metros en 10 segundos?

-No, ella es muy amable, me deja el paso libre.

-¿El paso libre, Juan? ¿Qué quiere decir?

-Mire, doctora, le voy a hablar claro. Yo soy un hombre fogoso, rápido, ardiente, todo lo hago en poco tiempo; mi trabajo, todo; no ando en miramientos, ni en regodeos. Nada se me quema en las manos. Al grano voy, doctora, al granoooo.

Practicando sexo rapidito

-Es decir Juan, usted es un hombre que maneja el tiempo a toda velocidad. Siempre esta apurado.

-Asimismo. -¿Y en el acto sexual va con la misma celeridad? -¿Por qué no?

-Porque el acto sexual debe ser entre dos. Y los dos no tienen el mismo tiempo.

-Bueno, es un juego, uno avanza y el otro acepta, coopera. Uno da y el otro recibe.

-No señor, no es así. La que da es ella y el que recibe todo es usted.

Juan empezó a sentirse molesto. A sus 45 años le estaba revelando que sabía muy poco del sexo y menos de cómo siente una mujer. Y nada de negociación, ayuda, equilibrio, complementación humana, dar y recibir. Sus cejas reflejaban su turbación.

-Bueno doctora, le voy a decir una cosa, no me vea como un salvaje, tampoco. Yo quiero que ella sienta y pienso que ella siente mucho así como yo lo hago: a prisa, duro, fuerte, debajo de mí, hasta el final.

-Mire, señor, el sexo es entre dos, al menos así lo hacemos, o debemos o podemos hacerlo  los seres humanos que nos debemos unos a los otros. Pero, el problema Juan, es que todos los seres humanos no tenemos el mismo tiempo. Unos andamos muy rápido, rápido, medio lento, lento, poco lento.

El acto es entre dos

Todos somos distintos. Y eso depende del fluir de la mente, de una energía interna que se transforma en un tiempo interno. Y el acto sexual es entre dos personas. Le aseguro que ella siente muy poco, apenas la satisfacción de haberlo satisfecho a usted, pero no porque ella lo haya sentido igual.

No es que uno da y el otro recibe, ambos tienen que hacer y recibir por igual, aunque de distinta manera. El hombre tiene una función más activa, el órgano del hombre tiene que penetrar en la vagina de la mujer, al menos para que haya lo que llamamos penetración, que no es lo único que podemos hacer sexualmente con otra persona.

Pero, para que todo sea lo más satisfactorio posible tiene que haber un equilibrio en el placer. Claro que hay muchas formas de hacerlo, incluyendo la famosa dominación de uno por el otro, y esta manera de realizarlo puede generar placer, pero no le aseguro, Juan, que ese sea el placer que siente su esposa.

Mire señor, es como si dos personas vivieran dos tiempos diferentes. Uno ve llegar la noche, mientras el otro comienza a despertarse temprano.

Acomodando los tiempos

-¿Y… qué pasa con eso doctora? -Que lo que usted siente por la mañana no es lo que siente en la noche. La energía es diferente. Otra cosa es el amor. Al sexo se le pone amor, cariño, entrega, ayuda, interacción, compartir. Es un sexo más crecido, sobre todo si es su esposa.

-¿Dos tiempos diferentes doctora? ¿Y cómo se logra eso?

-Bueno, por ejemplo, hagan este ejercicio simulado. Salen a una caminata un domingo por la mañana; traten, primero, de caminar, luego de trotar, más delante de correr. Usted, claro, es más fuerte que ella, debe tener más resistencia, por lo general, aunque hay mujeres que dan sorpresas.

Pero, traten de que ella marche más rápido y usted marche más despacio, hasta que los dos consigan avanzar a la misma velocidad. Esa velocidad, Juan, no es solo física, es también de emoción, energía, cooperación, ayuda, entendimiento. Ella puede darle a esa velocidad muchas cosas, hasta calidez, suavidad, calor. Y usted también a ella. Ambos se van a dar cosas que uno tiene más que el otro.

Pueden conversar, mirarse, contemplarse, quererse y sentir un placer irreconocible, lo mismo que coqueteo, picardía, juego. Ya Juan, están haciendo el acto sexual y no se dan cuenta. Han valorizado la relación.

¿Qué pasara entonces, señor Marroquín, cuando lleguen a la casa? Los dos habrán encontrado el tiempo negociado, equilibrado, el ser biológicamente sociable que ambos son, mediante un ejercicio simulado.

Pero bueno Juan, ahora se trata de ir a la cama. Eso es cosa de ustedes.

 Por Susan Clavel

susanclavel90@gmail.com

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