sáb. Jul 4th, 2020

Ni soldados ni gladiadores: la primera línea

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Hoy, un mes después, tuve que romper la cuarentena y salir a la calle por primera vez (tenía exámenes médicos) y esto es lo que observé:

Estaba haciendo la fila, con el metro de distancia prudencial, cuando un hombre de disposición estoica subió la escalera y se acercó a la vigilante que mantenía el orden y nos indicaba uno a uno en que momento entrar; le dijo algo en privado y entraron a llamar a una enfermera.

Al final, una mujer de pequeña estatura salió con un kit de Coronavirus en el brazo; en realidad lo que llevaba era una caja negra, pero la delató la “máscara de protección” que algunos hacen con acetato.

Estoy segura que esa visera plástica con agarre de color naranja llamó la atención de más de uno, como estoy segura que también más de uno hizo el mismo salto lógico que yo: van a hacerle la prueba de COVID a alguien, pues ese centro médico está habilitado como punto de manejo del coronavirus.

En el nombre del padre…

El que llamó y la que contestó el llamado se disponían a bajar la escalera con actitud calmada. Justo en ese momento vi los ojos de la mujer: a pesar de la compostura pude ver el miedo en su mirada mientras se persignaba y agarraba una medallita que colgaba de su cuello. Guardó el amuleto fielmente en su uniforme y continuó su camino.

Esto no solo habla de la fe de la enfermera sino también de la situación del personal de salud, cuya defensa contra esta pandemia es básicamente “echarse la bendición” y confiar en que Dios, el universo y hasta el karma estén a su favor en una lucha que les puede costar la vida.

Después de dos médicos muertos, una enfermera recuperada gracias al cielo y quien sabe cuántos empleados sanitarios infectados por cumplir su labor, debemos entender algo: que su valentía y coraje son prueba de su heroísmo no hay duda, pero que debamos romantizar la figura del trabajador de la salud y darnos contentillo solo con llamarlos héroes y aplaudirlos a la distancia, deberíamos repensarlo.

De médicos a gladiadores

He visto medios y grandes revistas ufanarse de llamar a los médicos “los  gladiadores” como si fuera el mayor honor, pero, hay que tener en cuenta que aquellos fieros guerreros eran esclavos, prisioneros y condenados a muerte.

Recordé entonces aquella famosa frase, aunque errónea históricamente, ya que no la pronunciaron los gladiadores sino los naumachiarii (también condenados a luchar): “Ave César, los que van a morir te saludan.”

Héroes, pero ni soldados ni gladiadores

Y me pregunté ¿es eso lo que estamos pidiéndole a la primera línea sanitaria? ¿Que como condenados a muerte luchen sin descanso  por unos cuantos aplausos desde las gradas o que como soldados entreguen su vida para pelear una guerra invisible por un pueblo que se niega a brindarles una gaseosa por el único crimen de portar un uniforme?

Cada uno de esos médicos está  frente al cañón por un compromiso con el juramento hipocrático, una promesa que juró mantener por el resto de su vida: “Velar con el máximo respeto por la vida humana”; y eso incluye la suya: “Cuidar mi propia salud, bienestar y capacidades para prestar una atención médica del más alto nivel.”

Por eso, ni soldados, ni gladiadores; son como la pobre enfermera: una vecina, amiga, madre e hija, que con el temor escondido en sus ojos da la batalla cada día para que tanto su paciente como ella sobrevivan.

Gracias a la primera línea, a toda esa gente que, literalmente, arriesga el pellejo con el mínimo de protección y como escudo una bendición. Ustedes nos están salvando sin importar el miedo y el riesgo… Solo espero que cuando llegue la hora de luchar por ustedes les pueda devolver el favor. Por ahora, lo único que puedo hacer es quedarme en casa.

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