sáb. Jul 4th, 2020

Confesiones de una cuarentena

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El 13 de marzo de 2020 entré en cuarentena voluntaria; poco sabia ese día que la voluntad se convertiría en obligación. Durante un mes cumplí mi compromiso pese a cualquier tentación de salir.

El día 31 de la cuarentena tuve que romper mi racha de aislamiento por un motivo de fuerza mayor; me había quedado en casa para cuidar mi salud y ahora salía por la misma razón.

Antes de salir me aseguré de ponerme la armadura que ahora debemos portar: guantes, tapabocas, una muda de ropa para lavar ese mismo día y unos zapatos para usar solo en la calle; me eché la bendición y me fui al centro médico, que fue destinado como puesto de manejo del coronavirus.

Dos horas mas tarde, por fin, después de un cuidadoso protocolo, salí del centro de salud y me dirigí al carro. Tengo que decir que esta cuarentena paró al mundo entero, pero no fue capaz de detener la ley de Murphy; así es como, al querer prender el auto, resultamos varados.

La tozuda realidad

Mis dos opciones eran: coger un bus o caminar hasta la casa. Debatiendo qué hacer, en ese momento pasó un bus. Se veía lleno, no repleto, pero estaban sentados uno al lado de otro, como siempre se ha hecho.

Algo que en otro tiempo sería muy normal me abatía en una duda horrible. Acababa de pasar horas manteniendo mi sagrado metro de distancia para ahora echar todo al caño y sentarme a menos de 30 centímetros. Medité que no era una opción.

Aunque debo decir que todos llevaban tapabocas… en el mentón, como decoración, pero llevaban. No sé quién les habrá dicho que la efectividad no está en la barrera que hace frente a la nariz y la boca, sino en solo llevarlo puesto sin importar su ubicación.

El tapabocas, un amuleto

La decisión había sido tomada; prefería enfrentarme con la Policía que arriesgarme a sentarme pegadito a alguien que ve el tapabocas más como un amuleto que hay que cargar que como un genuino método de protección.  Lo que me llevó a concluir que en este país del divino rostro, nos cuidamos más de la patasola que del coronavirus.

Ahora bien, cuando dije enfrentarme a la Policía, realmente me refería a usar todo mi poder de persuasión para contarles que salía por una razón médica. Llevaba listas certificaciones y cualquier evidencia que pudiera probarlo.

No pensaba ponerme a pelear con la autoridad; no soy pacifista, pero tampoco pendeja y hoy no era el día de mi cédula  que, aunque solo sea para mercados y bancos, no quería “violar”.

Otra vez apareció el irritante Murphy y me encontré con toda la fuerza pública. Ninguna me paró. También me encontré con mi vecina, que me preguntó si necesitaba algo del mercado porque hoy era su día de cédula. “Por ahora no, gracias.”

Acababa de pasar horas manteniendo mi sagrado metro de distancia para ahora echar todo al caño y sentarme a menos de 30 centímetros.

La bondad surge en la desgracia

Esto me lleva a la siguiente conclusión: la bondad es contagiosa. Hace varios días, en nuestro día de mercado, nos ofrecimos para comprar lo que les hiciera falta y les trajimos su parte del mandado. Hoy, con gusto, ella estaba dispuesta a devolvernos el favor.

Al fin, después de haber recorrido las calles  a medio construir (los andenes quedaron sin hacer), cruzado la Policía y hasta mi vecina, llegué a mi casa. Y aquí viene mi última conclusión: hacer el proceso de desinfección es mucho más fácil en un apartamento que en una casa de 3 pisos.

No soy desagradecida, entre más grande el lugar se siente menos el encierro; pero también pasa que si planeas seguir los protocolos que circulan por redes sobre cómo entrar a una residencia, la cosa se complica.

Me quité el tapabocas y los guantes desechables y los boté en una bolsa de basura afuera. El paso siguiente fue desvestirme en el parqueadero donde por, suerte, no pasó ni un alma. Antes de poder entrar, mi madre me roció toda en alcohol; ya saben “por si las moscas” y proseguí  a correr medio en “bola” hasta el tercer piso para hacer la respectiva ducha desinfectante.

Sin las medidas correctas, el foco seguirá

Este es mi análisis final: hay un foco de infección al que no le ponemos mucha atención y son los pequeños buses. Aún si las empresas de transporte siguen los lavados y desinfección rigurosos, de nada sirve si nosotros como individuos no cumplimos nuestra parte, como sentarnos a un metro de distancia y portar el bendito tapabocas como se debe.

Al igual que en la política, siempre va a existir la oposición. Así como está el fresco inmortal, que está seguro no le va a dar el virus y si le da no se va a complicar, estamos los otros, igual de “locos”, que preferimos quitarnos la ropa en público que arriesgarnos a dejar entrar el virus en la vivienda. Aunque en mi defensa: todos en la casa somos población de riesgo y el COVID 19 es una de esas cosas con las que es mejor no tentar al destino.

En fin, si la corrupción nos va a matar, la bondad y la solidaridad nos puede sacar adelante. Será un cliché pero resultó cierto, un acto de ayuda desinteresado genera una reacción en cadena de buena fe. Si hay algo que se debe contagiar es el ser buena persona.

Les dejo un video que es sensación en España y resume el sentimiento que debemos anteponer a cualquier adversidad.

Ni soldados ni gladiadores: la primera línea

 

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