octubre 26, 2020

Sexo en Cuarentena o la poesía del sexo

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Eran cerca de las 12 de la noche. ¿Quién toca a esta hora? Ah, recordé: ¡maldita cuarentena! había anunciado que las consultas seguirían en mi casa, para los que se atrevan a venir, aunque no estaba segura que alguien acudiera, y menos a esta hora.

Me habían dicho que en tiempos del virus nadie pensaría en el sexo. Solo doy consultas sexuales. ¿Quién está allá abajo dando aldabonazos a esta hora oculta? Pensé en no asomarme a la ventana, y dejar que se marchara. Debe ser un equivocado de consultora.

Un amigo me había sentenciado: “Susan, convéncete, en cuarentenas, como en las guerras, nadie ama; ese sentimiento se guarda para cuando termine la contienda. No puede brotar, -me insistió-, porque la gente está preocupada por sobrevivir y no por el placer. El placer es peligroso porque te descuidas y los disparos te pasan cerca. Nos convertimos, entonces, en seres meramente reptilianos, al acecho del peligro”.

La última mujer y el próximo combate

Recordé, entonces, el título de una novela cubana de Manuel Cofiño en la que el autor preguntaba a unos guerreros que regresaban de una guerra en la selva: “¿en qué piensa un soldado, en la noche, cuando tiene que dormir y no están disparando?”

Y la respuesta fue: en La última mujer y el próximo combate, y es el título de la obra, luego premiada en Casa de las Américas 1971.

Entonces hay amor, me dije. Si el soldado ama, es que existe.

…el autor preguntaba a unos guerreros que regresaban de una guerra en la selva: “¿en qué piensa un soldado, en la noche, cuando tiene que dormir y no están disparando?”

-¿Y el sexo?, -le pregunté intrigado. -Menos, -me respondió tajante mi amigo, por cierto, escritor de novelas. -En mi próxima obra no habrá amor, ni sexo, ni siquiera erotismo, -afirmó-. La lívido no funcionará. Entonces, qué queda, pensé. Dónde encontrarás a ese lector que no quiere amar ni sentir el placer sexual.

Los golpes en la puerta me devolvieron a la situación. El posible paciente aún me aguardaba. Corrí la cortina y miré abajo: ella estaba allí. Una chica de veinte, de sport, en atuendo oscuro, colgada de bufanda igualmente sombría, chaqueta ligera y abrazada trepidando al calor de su cuerpo para mitigar el frío de Bogotá.

Tiene que ser una urgencia, sospeché. Voy por ella. Dejé que el té humeante, la calmara y tratara de desenredar su dilema.

-Soy adicta, -soltó así de improviso. Huyy, Recordé a mi amigo.

Una colaboración violentada

-¿Desde cuándo? -Creo que, desde siempre, parece que con menos de 5 años colaboré con un pariente que abusaba frecuente de mí. Me tocaba todas las noches, mientras mis padres dormían confiados. -¿Llego a gustarte? -parece que sí, -me dijo. -Parece, comenté.

-¿Y seguro que cambias a menudo de compañero sexual? -Mucho, me dijo. -¿Qué edad tienes? -26. Y su rostro dibujó perfectamente su victimización. -¿Lo haces para calmar tu culpa? -Creo que sí -respondió-, pero no lo entiendo bien. -Y tampoco te sale bien, ¿verdad? -Muy mal, es un fracaso de uno en otro, pero no puedo parar.

-Y la cuarentena es lo peor que me puede pasar, -indicó-. -Quizás sea lo mejor, -le dije. Es la hora de desembarazarte de ese conflicto. Te puede ayudar. -Empecemos el tratamiento ahora mismo, -le dije-. -¿De mujer a mujer?, -me preguntó. -Si lo quieres así, pero no es necesario.

-¿Cómo empezamos? -Por la primera escena cuando te hicieron creer que eras una victimaria que excitaba a una persona que no sabía sentir sino poseyendo, como presa fácil, a una indefensa chica de 5 años. Te hicieron culpable, ¿verdad?, cuando no eras más que una víctima propicia, y ahora tratas de recuperar la culpa complaciendo a los que te tropiezas por el hecho cometido.

Un violador serial

-Él está feliz, -comenté-, repitiendo la escena con nuevas víctimas, y tú te llevaste el castigo por lo realizado. Sigue adelante, le dices todos los días, que yo me ocupo del pecado y me sacrifico por ti.

-Y ahora en cuarentena nadie quiere ir a mi casa, ni me dejan salir a la calle. -¿Cómo te llamas? -Isabel, tan solo, -me dijo-, y entendí el mensaje. Miraba a lo lejos por la ventana. -¿Hay tiempo, doctora? Y sus ojos jugosos la envolvieron. -Siempre hay tiempo, Isabel, pero empecemos ahora mismo.

-¿Qué es lo que de verdad más quieres hacer? Sé sincera. ¿Seguramente, no tener más sexo y no seguir adelante?, -le pregunté para provocarla-.

Isabel quería amar y sentir placer en medio de la guerra. Su guerra. Pensar en su último amor, el que nunca había conocido pero imaginado siempre

Amar es lo que quiero

-Amor, doctora. -Lo pensó de nuevo-. Amor, es lo que quiero. -¿Y que el sexo venga detrás como envuelto en seda?, -dije casi sin pensar, más como mujer que como sexóloga. -Como una poesía, doctora, solo como eso. -¿Cómo una poesía, Isabel? Asintió con la cabeza, y su rostro pedía una luz al final del túnel.

Ella me pedía que la salvara a esta hora incierta en que la ciudad vivía recluida en sus paredes investida de miedo. Isabel quería amar y sentir placer en medio de la guerra. Su guerra. Pensar en su último amor, el que nunca había conocido pero imaginado siempre, y en su próximo combate.

-¿Dónde estás, amigo con lo que dices?, -pensé-. No escribas nunca esa novela.

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