vie. Dic 14th, 2018

Stephany Reyes: la rebelión del saxofón

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Esta es la historia de una joven artista de Soacha, quien, con dedicación, disciplina y mucho esfuerzo, logró conquistar el reconocimiento internacional, gracias al destacado lugar alcanzado por la Banda Sinfónica de Soacha, en un concurso en Madrid (España).

La vida de un músico no se mide en tiempo sino en compases; de do a do, entre sol, fa y si, como una tonada que va rememorando cantos y estrofas para seguir avante. Lo maravilloso de la música es su capacidad de residir en cualquier espacio, solo basta con escuchar la sonoridad de las cosas, la musicalidad de los nombres. Aquel sonido imperceptible es el que tiene Soacha, un nombre que en sí mismo no solo es música; es leyenda, es tradición, es Cundinamarca.

Esa es la tierra que ha visto crecer a Stephany Reyes Mora, “bogotana por obligación, soachuna de corazón” -como ella misma se describe-, con un aura que media entre la humildad, la alegría, la juventud y la ansiedad. No es necesario escucharla largo rato para saber que mientras practicaba pensando que hacía música, la música misma la hacía a ella: disciplinada, atenta y terca.

Los artistas son capaces de traducir el silencio, de comprender cuándo ha de detenerse la melodía y dejar que el entretiempo sobreviva a sí mismo; esa lógica se adentra en sus palabras, pues da respuestas vanas a las preguntas y de la nada comienza una conversación consigo misma. Se muestra al comienzo distraída, mientras asume el control; dualidad que probablemente la une de manera íntima y misteriosa al saxofón.

El saxo es rebelión, encanto, melancolía; el acompañante perfecto de los momentos más desoladores y, también, de los más dichosos. Ese es tal vez el encanto que terminó por enamorarla de su tonada, con él puede interpretar desde la balada más triste hasta el merengue que enciende el alma. Su llegada al instrumento fue accidental, un capricho del destino, una casualidad que terminó siendo perpetua; lo cierto es que ya no se entiende sin la música y sus dedos no pueden dejar de tocarla.

Stephany inició con canto y aunque le gustó, la oportunidad de hacerse una intérprete integral era interesante, por eso se unió a la Banda Sinfónica de Soacha, la resistencia cultural y musical con más relevancia en el municipio del “dios varón”.

La música como escuela no es sencilla, toma tiempo, más del que se tiene disponible en un principio, de a poco va robándole minutos a lo que antes era prioridad, llenándose de razones para volver trivial lo que llegó a ser importante en otros tiempos.

Stephany ha debido luchar contra eso, entre la música y los regaños de su mamá; las salidas tarde de ensayos, el colegio y todo aquello que debió sacrificar un poco. “Se convirtió en un vicio”. Y lo describe con la palabra precisa, pues solo lo que envicia logra tener una naturaleza permanente. Llegó a su vida el saxo y la banda como solo lo hace el amor, de momento, siguiendo ese guion misterioso que la vida va acoplando.

De Soacha a París

Nunca habría imaginado que en la cuna de la Marsellesa la escucharan a ella y a su instrumento; la música se vistió de magia, como la cocina y las matemáticas, un lenguaje universal. Allí, con los nervios en punta, la cabeza en blanco y su versátil compañero de siempre, Stephany tocó ante las mejores bandas del mundo.

Los nervios no se hicieron esperar, no hubo espacio para el error, todo debía salir perfecto. La música sonó y ella hizo un enlace directo entre la mente, el corazón y el saxofón, solo así salen las notas a tiempo: no pensó en nada más que en la música. Cuando terminó, acabó la tonada y el director bajó sus brazos. Llegó la espera, infinita, porque los segundos adquieren el matiz de las horas o los minutos. Pronto llegaron los resultados. “Cuando dijeron ‘tercer lugar’ me desinflé por completo -yo dije, no, ya no ganamos nada”, recuerda.

Si los músicos traducen silencios, cómo sería aquel que le dio antesala al jurado. ¡La banda sonora de la ansiedad se hizo cómplice! Los instrumentos, como sus dueños, se hicieron tímidos, callaron las blancas, negras y corcheas; las volvieron invisibles en el mar de la espera.

Lo que terminó por dejarla sin palabras fue encontrarse en una parte del mundo donde las reglas se crean y se cumplen, donde la puntualidad no es un mero capricho, sino una conducta social que de no cumplirse falta al código ético. “Una vez estábamos invitados a un almuerzo a las 2:00 de la tarde, pero llegamos a las 2:05, y fue un problema para que nos dieran el almuerzo por llegar tarde”, anota.

Al final, el veredicto era claro: se habían ganado el título de la segunda mejor banda de un festival que solo admite a los más experimentados. Conquistaron Europa a punta de ensayos y tenacidad.

Soacha se hizo un nombre, París y su torre Eiffel, Madrid y toda su historia quedaron por un momento silenciados, tras la retumbante ciudad de los chibchas. Se hablaba de Soacha, ya no por capturas, ya no por la crisis social que hoy enfrenta, sino por hacer resistencia cultural con el arte de por medio. Cundinamarqueses conquistando el mundo, con un instrumento y una partitura como única arma.

Hoy, Stephany no es la misma niña que una vez ingresó por curiosidad a la Banda Sinfónica de Soacha; ahora, sus compañeros y su instrumento hacen parte de su energía, del lugar que la hace feliz.

Aprendió inglés y se convirtió en operaria del muelle internacional de Avianca en el Aeropuerto El Dorado. También es estudiante de Comunicación Social y Periodismo –gracias a la fascinación que le produce la radio– en una escuela virtual. Asiste cuatro días de la semana a ensayos, realiza sus tareas y trabaja todo al tiempo. Elogia la independencia que solo otorga la responsabilidad y el dinero que se gana con esfuerzo propio.

Su vida tiene por banda sonora un saxofón interpretado por Nobuya Sugawa, quien de vez en cuando adorna los momentos más intensos y felices con las creaciones de Pedro Saxo, dos de los grandes saxofonistas del mundo. No se niega a otros instrumentos, menos a los géneros musicales que hoy ocupan los primeros lugares y se aseguran del éxito a través de lo repetitivo.

Su verdad –dice, necesita de la melodía y la armonía como una defensa ante el mundo, como la oportunidad que otorga la Providencia para que no abandone jamás la música.

Por Laura Martínez    periodicoelector@gmail.com

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